Imposible ponerle un pero al talento cómico de este camaleón con piel de cordero: es Steve Coogan. Un decadente sex symbol portugués, una estrella de la televisión fracasada, una descocada y deslenguada veinteañera de 30 años o un actor de cine con el que coincide en nombre y apellido. Todos esos personajes y muchos más comparten alter ego en la persona de este camaleón con piel de cordero: Steve Coogan.
A juzgar por su aspecto, pocos dirían que bajo el discreto físico que acompaña al nombre "Steve Coogan" se oculta uno de las mentes más brillantes que ha dado la comedia británica en las últimas dos décadas. Tampoco es fácil deducir, a partir de esa sempiterna apariencia de maduro graduado desharrapado, que a él se deben algunos de los personajes más famosos de la historia de la televisión de su país. Y sin embargo, el nombre de Steve Coogan, en nada ajeno al mundo del celuloide (por si a alguien le quedaba alguna duda) continúa sin decir demasiado al gran público. En los últimos tiempos el propio Steve ha ido poniendo de su parte por cambiar este hecho así que, ya puestos, ¿por qué no unirnos a la iniciativa?

Catorce de las mil caras de Steve Coogan
Patrick Marber, guionista, actor y director ocasional, dijo en una ocasión a propósito del talento de Coogan para la comedia: “En realidad Steve no es un cómico. Es un actor de personajes. No cuenta chistes: sus personajes son los chistes”.
Lo que no es ningún chiste es el impresionante historial de este británico de voz radiofónica que comenzó en el mundo del espectáculo valiéndose precisamente de eso, de su voz: la misma que cedía a las marionetas de Spitting Image, el popular show satírico de la televisión británica en el que daba salida a sus habilidades como imitador. No obstante, su talento no estaba hecho para quedar recluido entre las paredes de una cabina de grabación y, de hecho, no lo hizo: apenas unos años después de empezar a codearse con las achacosas versiones en trapo y látex de Margaret Thatcher o Isabel II, Steve se lanzaría al mundo de la interpretación de la mano del mismísimo Paul Greengrass, que en 1989 contó con él para un pequeño papel en su ópera prima, Resurrected.
Desigual es el adjetivo más benévolo para calificar su carrera en el cine a partir de su participación en el film de Greengrass. Para empezar, pasarían seis años antes de la vuelta de Steve a los platós. Es entonces cuando rueda con su paisano —y aficionado por cierto a las marionetas— Frank Oz, La llave mágica (The Indian in the cupboard. 1995), que le proporciona un papel muy inferior al que al año siguiente le brindaría Terry Jones para su personal versión de El viento en los sauces (The wind in the willows. Terry Jones, 1996), en la que Coogan se mete en la lustrosa piel del Señor Topo: toda una oportunidad de mostrar al mundo (o a la parte de él que vio la película) sus dotes como imitador, así como su gama vocal y cómica.

El viento en los sauces (1996), El agente de la condicional (2001) y 24 Hour Party People (2002)
Tras un par de títulos poco significativos —uno de ellos, The Fix (1997), le volvería a reunir con Greengrass y el otro, El agente de la condicional (The Parole Officer. John Duigan, 2001), escrito por él mismo— llegaría 24 Hour Party People (íd. Michael Winterbottom, 2002) en la que, esta vez sí, su caracterización como Tony Wilson, fundador de la mítica Factory Records, brillaba con luz propia y nos dejaba atisbar algo de su innegable talento para dotar de piel, voz y alma a un personaje que en sus manos adquiría una identidad renovada.
Dos títulos clave a la hora de entender y presenciar de primera mano esta habilidad de Coogan para el hilvanado y bordado de personajes es la interpretación que de sí mismo, el Steve Coogan actor, ofrecía en Coffee and Cigarettes (íd. Jim Jarmush, 2003) y Tristram Shandy: A cock and bull story (A cock and bull story. Michael Winterbottom, 2005). En el primero coprotagoniza uno de los mejores sketches del coral film de Jarmush junto al afable Alfred Molina, que insistía en entablar amistad con un Coogan que no dudaba en disparar a bocajarro contra la imagen que en privado exhiben algunas estrellas de cine, comportándose como un consentido y soberbio divo. Lo cierto es que poco hacía el film por mejorar o imprimir en la mente del público la imagen de Steve Coogan: el plano y sobrio estilo de Jarmush nos llega a hacer pensar (como no recordemos por un instante que hay un guionista, un director y, por supuesto, una pareja de fantásticos actores detrás) que realmente el tal Steve Coogan no es más que otra estrella con demasiadas ínfulas de quien nos vengaremos en la práctica boicoteando sus próximas aventuras en la gran pantalla (Alfred Molina por su parte, quedaba como una de las más amables, campechanas y agradables estrellas del Hollywood actual).

El adorable Alfred Molina le sirve té al insoportable Steve Coogan en Coffee and Cigarettes
El más complejo film de Winterbottom nos devolvía una vez más a Steve Coogan interpretando al actor Steve Coogan, esta vez en el marco de un rodaje de una historia “inrodable” en la que, en un alarde metalingüístico sin precedentes (en los términos cine dentro de cine dentro de cine), Steve se permitía incluir y reinterpretar referencias a su vida personal y profesional que en último término aludían a las tensiones de la satírica novela original[1], en la que el personaje titular se perdía dentro de su propia y caótica narrativa al verse continuamente distraído por reminiscencias de su vociferante tío Toby y otros personajes. De forma similar, el Steve Coogan de ficción se ve asediado por su comparación con el personaje que en la vida real le catapultara a la fama en su país, Alan Partridge. Así, en una secuencia que bien valdría como ejemplo de la expresión rizar el rizo, el Coogan de ficción no se toma demasiado bien que Tony Wilson (sí, el mismo directivo de Factory Records al que Coogan interpretara en su anterior colaboración con Winterbottom, 24 Hour Party People) le proponga hacerle una entrevista y comenzarla con el epígrafe “Knowing me, Tony Wilson, Knowing you, Steve Coogan”, en alusión a Knowing Me, Knowing You, un programa de televisión también ficticio (¿me sigue alguien a estas alturas..?) protagonizado por el no menos ficticio Alan Partridge, una de las creaciones más brillantes y a la postre populares de Coogan a la que (ya queda menos) el actor recurrió a la hora de interpretar a Wilson en su anterior film con Winterbottom. Para aquellos cuya atención haya sobrevivido hasta la presente línea, queda dicho: rizar el rizo.

Steve Coogan (Steve Coogan) y Michael Winterbottom (Jeremy Northam), durante el rodaje de Tristram Shandy: A Cock and Bull Story
Con alardes de tal calibre (y eso que no hemos hecho mención alguna a la impresionante carrera televisiva de Coogan), sorprende encontrarnos, dentro de la filmografía de este auténtico camaleón, con interpretaciones tan discretas (cuando no directamente deslucidas), como las que Steve ofrecía en títulos – sospechamos con pretensiones más lucrativas que artísticas-- como La vuelta al mundo en 80 días (Around the world in 80 days. Frank Coraci, 2004), en la que hasta la vena cómica de Jackie Chan y Arnold Schwarzenegger era más evidente, o Noche en el Museo (Night at the Museum. Shawn Levy, 2006), en la que interpretaba un diminuto papel junto a Owen Wilson, con quien un año más tarde protagonizaría otros titulares (que no títulos) de índole muy distinta.

La vuelta al mundo en 80 días o Quién es más gracioso: ¿Steve Coogan o Jackie Chan?
A la única vista de tales ejemplos podría resultar difícil a priori imaginar el increíble talento y registro cómico de Coogan. Quién sabe. Visto lo visto, puede que Steve optara en casos como esos por interpretar a un actor modesto que a su vez interpreta un papel mediocre.
Menos mal que un simple vistazo a sus creaciones para televisión es capaz de disipar todo género de dudas de un plumazo. De todas ellas (se cuentan por decenas) es de obligada referencia el mencionado Alan Partridge, uno de los personajes más ridículos, despreciables, pedantes, egocéntricos, patéticos y absolutamente geniales que ha dado la comedia televisiva (y puede que cinematográfica).

Alan Partridge, todo un personaje
La secuencia (que de hecho inaugura el primer episodio de I´m Alan Partridge), aquella en la que el mismísimo Alan, presentador de televisión fracasado y ahora locutor de una pequeña emisora de radio, no duda en aportar su toque personal al ejercicio laboral: “Han escuchado ‘Big yellow taxi’, de Joni Mitchell, una canción en la que Joni se queja de que alguien ha asfaltado el “paraíso" para construir un aparcamiento. Una medida que de hecho hubiera aliviado el tráfico en las afueras del paraíso, algo que casualmente Joni olvida mencionar. Quizá porque no pegue mucho con esa mirada a medias del mundo que tiene. Aun así, bonita canción”.
Como diría el propio Alan: “Ahaaaaaa...”
NOTAS
[1] (volver) La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy (1760-1767). Laurence Sterne. Edición Española: Alfaguara, 2006 (traducción: Javier Marías).