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No profanar el sueño de los muertos: ecologismo al gore
Por Javier Boltaña

No profanar el sueño de los muertos (Non si deve profanare il sonno dei morti. Jorge Grau, 1974) es uno de los mejores ejemplos del cine europeo de zombis, que surgió como una prolongación natural en la corriente de apropiación de los géneros populares americanos. Después del peplum en los cincuenta, y del spaghetti-western durante los sesenta, en los setenta le llegaría el turno al terror made-in-Italy.


George (Ray Lovelock) es un joven anticuario londinense que viaja en moto hacia un pequeño pueblo de la campiña inglesa, donde tiene que entregar unos objetos a un comprador. El viaje se tuerce cuando, repostando en una gasolinera, Edna (Cristina Galbó)[1] le enviste torpemente con su coche. Los dos jóvenes han de continuar viaje juntos, y cuando ambos recalan en la casa de la hermana de ella, se ven envueltos en una serie de extraños sucesos.

Allí, unos agricultores experimentan con un sistema de rayos ultravioletas para acabar con los insectos. El invento provoca la locura en los diminutos animales y estos se atacan unos a otros hasta exterminarse. Pronto los protagonistas del film sospechan que tiene unos curiosos efectos secundarios… sobre los muertos.

 

Los protagonistas viajan hacia un terror desconocido

Esta película, quizás menos conocida que otros clásicos del género de la época, y a menudo olvidada[2], sorprende al ser visionada hoy en día por varios motivos: en primer lugar, el guión aglutina una larga sucesión de premisas del cine de terror de diferentes épocas: Los personajes “atrapados” fuera de su entorno natural, el azar que les empuja hacia sus desventuras, un experimento científico como desencadenante de una mutación, los estrechos márgenes entre sexo y muerte, el humor macabro, una torpe y ciegamente racionalista investigación policial, etc.

La cinta recoge el testigo de la obra de George A. Romero, y fue de las primeras en continuar la nueva senda abierta por el autor de La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead. 1968). Así, los muertos vueltos a la vida han de alimentarse de carne humana, persiguen siempre lentamente a unas víctimas que invariablemente se ven acorraladas, y para acabar con ellos es necesario tomar medidas drásticas (en el clásico de Romero dispararles en la cabeza, aquí quemarles vivos/muertos).

Quizás lo más interesante de la película (irregular en su primera mitad) sean los ambientes inquietantes que logra crear en varios momentos. En las primeras secuencias vemos un agobiante y perturbador Londres. En una sucesión de planos rápidos seguimos a George con su moto mientras vamos viendo, como de pasada, las colas de la gente en los semáforos, los atascos de automóviles, la basura, las fábricas, la contaminación… Y entre todas esas imágenes destaca el extraño inserto de un canario muerto junto al bordillo de la acera[3].

 

El primer zombi sediento de sangre. Luego vendrán muchos más…

Cuando la acción se aleja de la City, parece que el tono va a cambiar. Los bucólicos paisajes de la campiña inglesa prometen, por unos instantes, una historia más relajada y próxima, quizás, a las comedias clásicas inglesas. Pero en cuanto los personajes entran en relación con la gente del lugar desaparece esa sensación. En ellos, en las casas, en las calles del pueblo, en el hotel donde se hospedan, hay una agresividad latente que trae a la memoria el pequeño pueblo de Perros de paja (Straw dogs. Sam Peckinpah, 1971). Como en aquella película, aquí la gente del campo británica aparece representada con rudos modales, muy agresiva y con una cierta disposición a despreciar a los forasteros. Ambas películas logran quitarle a cualquiera la más mínima intención de hacer turismo por aquellos lugares.

Pero la cosa no se queda ahí, y a medida que el film avance (y los zombis vayan entrando en acción), todo el ambiente se irá tornando más oscuro y claustrofóbico. Los paisajes soleados darán paso a una noche oscura e invadida por la niebla, y las apacibles granjas serán reemplazadas por cementerios, iglesias y hospitales tomados por los no-muertos a base de romper puertas y ventanas.

Esta es otra cosa más que sorprende de la cinta de Grau. Teniendo en cuenta que todo su equipo, incluidos actores, son de origen italiano y español, no queda más que quitarse el sombrero ante la perfecta ambientación del film, que podría pasar para cualquiera por una auténtica producción británica. Esto tiene dos veces más merito si se tiene en cuenta que era la primera vez que las historias de zombis modernas (léase posteriores a Romero) se localizaban lejos de los tradicionales paisajes americanos y se trasladaban a “la más sensata y convencional” Europa.

Y es que uno, al pensar en historias de zombis, tiende a situarlas en pequeños pueblos del medio-oeste americano. Injustificadamente, el imaginario colectivo del género siempre ha ambientado estas historias en puebluchos decrépitos, rodeados de tierras áridas, arrabales semi despoblados y granjas separadas de cualquier signo de civilización por cientos de millas de arena y asfalto.

 

Los muertos reviven gracias a un experimento agrícola

Jorge Grau (Barcelona, 1930) estudió en el italiano “Centro Sperimentale di Cinematogafia”, para luego iniciar su carrera como director con una serie de insulsos documentales turísticos sobre la Costa Brava y la Costa Dorada, y otros sobre Madrid y Barcelona. Daría el salto a la ficción con los melodramas Noche de Verano (1962) y El espontáneo (1964) adscritos a la corriente del “Nuevo Cine Español”[4]. Tras titubear sin un rumbo claro entre el drama y la comedia a lo largo de una década, sus estudios en Italia le llevaron a dar un nuevo enfoque a su carrera, apostando por un cine más comercial y rodando en el país trasalpino unas películas que en España, con la censura, no se podían hacer.

Con Pena de Muerte (1973) y, sobre todo, Ceremonia Sangrienta (1973), Grau se encaramó a lo más alto del terror europeo, prolongándose en este privilegiado puesto a lo largo de varios años. Si bien, tras la muerte de Franco (el Generalísimo, no Jess), su carrera derivó hacia un cierto politicismo costumbrista propio en el cine español de la época, y acabó cayendo en el callejón sin salida que fue la llamada “Tercera Vía”[5], de la mano del productor José Frade.

El otro “autor” de la cinta es el guionista Sandro Continenza (Roma, 1920-1996), a quien sin duda se deben los mejores aciertos “de género” de la película (ambientes aparte, como mencionamos), pero también las mayores torpezas narrativas. Continenza había empezado su carrera como guionista de las comedias neorrealistas de Totò y Pepino, para luego pasar a escribir peplums de alcurnia como Urdus en el valle de los leones (Ursusu nella valle dei leoni. Carlo Ludovico Bragaglia, 1961) o Teseo contra el Minotauro (Teseo contro il Minotauro. Silvio Amadio, 1961).

A continuación pasaría por los spaghetti-western más autóctonos, como Los pistoleros de Arizona (Alfonso Balcázar, 1965) o Una ráfaga de plomo (Una raffica di biombo. Paolo Heusch, 1966), para recalar en el cine de parodia, con títulos tan originales como Mostro e mezzo (Steno, 1964) y Agente 007 missione Blody Mary (Sergio Grieco, 1965). Y, finalmente, participaría en co-producciones con España de la talla de No desearás al vecino del quinto (Ramón Fernández, 1970) y Jack, el destripador de Londres (José Luis Madrid, 1971), que supuso su incursión en el terror, justo antes de conocer a Grau.

Junto a él, el guión está co-firmado por el italiano Marcello Coscia y los españoles Juan Cobos y Miguel Rubio. Estos dos venían también del “Nuevo Cine”, y al parecer su labor se centró más en la trama policíaca del film. Por su lado, Coscia había sido autor, al igual que Continenza, de un buen número de películas que aprovechaban el tirón comercial de otras, de las cuales la más famosa sería el spaghetti-western El blanco, el amarillo y el negro (Il bianco, il giallo, il nero. Sergio Corbucci, 1975), cuyo título lo dice todo.

 

Las chicas (como siempre) se llevan la peor parte

Los puntos más flojos de No profanar el sueño de los muertos están en la creación de sus personajes. No solo es culpa de que en el guión ya estén demasiado estereotipados (esto se podría tolerar, dado el género), si no de que en ocasiones los “actores” no parecen estar dirigidos en absoluto. Este es el caso, por ejemplo, de los ingenieros que prueban los rayos-insecticidas, del doctor o del inspector de policía[6]. Además, la negada puesta en escena de Grau en las escenas de personajes lastra mucho el film en todos los momentos en que se habla.

Por el contrario, la cinta sube mucho en cuanto los zombis empiezan a aparecer. Quizás ya sea un poco tarde, dado que no entran realmente en escena hasta pasada la mitad del metraje, pero secuencias como la del cementerio y la iglesia, donde los jóvenes protagonistas son encerrados en una cripta, o la del hospital donde llegan los zombis persiguiéndoles, mejoran el conjunto. Además, aquí Grau se revela como un interesante realizador, que sabe dar ritmo y tensión a los momentos que realmente lo necesitan. En ocasiones incluso con planos visualmente muy llamativos.

Los zombis (todos interpretados por actores españoles, no sé por qué) resultan bastante creíbles e inquietantes pese a un maquillaje tan deficiente. Y los momentos en que se comen las entrañas de sus victimas, más allá del simple regusto gore por la casquería, tienen un tono que quizás podríamos definir como “patéticamente dramático”.

 

De vez en cuando Grau elabora planos muy interesantes

No puedo terminar[7] sin hacer mención a otro de los aspectos que resultaron más innovadores: la profunda preocupación que su protagonista (un post-hippie sin pelos en la lengua, pasota a más no poder y que hace en todo momento lo que le viene en gana) siente por el medio ambiente, y la crítica que hace en varias ocasiones a lo que el ser humano le está haciendo al planeta. En 1974 se estaba aún muy lejos de hablar de cosas como el calentamiento global y el “Efecto Invernadero”, pero estos zombis eran ya una advertencia de lo que nos puede llegar a pasar si no respetamos la Naturaleza.

 

Una selección de carteles que dan idea de la popularidad internacional del film

 

 


NOTAS

[1] (volver) La actriz española firma con el torpe seudónimo de Christine Galbo. La que fuera niña-actriz en Del rosa al amarillo (Manuel Summers, 1963) dejó una carrera de melodramas hispanos para hacer terror italiano después de su participación en La residencia (Chicho Ibáñez Serrador, 1969). Años más tarde, y cansada de tanta casquería, se retiró del cine como profesora de flamenco en Los Angeles.

[2] (volver) El film es conocido bajo una amplia variedad de títulos en diferentes idiomas (cosa normal es las co-producciones italianas de aquella época). Entre ellos estarían:

-“No se debe profanar el sueño de los muertos”
-“Fin de semana para los muertos”
-“Zombie 3 (Da dobe vieni?)”
-“Sleepeing corpses lie”
-“Let sleepeing corpses lie”
-“Don’t open the window “
-“The living dead at Manchester Morgue”
- Y mi favorito: “Breakfast at the Manchester Morgue”

[3] (volver) Esto puede sonar a sutil homenaje a Los pájaros (The birds. Alfred Hitchcock, 1963), y sin duda es un pequeño reconocimiento a la influencia de esta cinta en todo el cine de “terror inexplicable” que se hizo después.

[4] (volver) Pretendido equivalente patrio de la “Nouvelle Vague” medio patrocinado por el régimen franquista.

[5] (volver) Lejos de las connotaciones políticas que puede tener este término hoy en día, en los setenta fue una corriente que se pretendía a medio camino entre el cine comercial más facilón (el destape), y el cine de autor menos popular (Saura), pretendiendo así hacer obras comprometidas social y políticamente, y a la vez atractivas para el público. En ella empezaron directores como Antonio Drove o José Luis Garci, y duró lo que duró la Transición.

[6] (volver) Interpretado por el siempre genial Robert Kennedy, que al final de su carrera se vio obligado a sustituir indios y cuatreros por zombis, camorristas napolitanos y Emmanuelles…

[7] (volver) La revista no se hace responsable de la poca gracia del juego de palabras que titula este artículo.

 


TÍTULO: No profanar el sueño de los muertos
TÍTULO ORIGINAL: Non si deve profanare il sonno dei morti
AÑO DE PRODUCCIÓN: 1974
NACIONALIDAD: Italia / España
DURACIÓN: 95 minutos aprox. (85 en la versión de estreno americana)
DIRECCIÓN: Jorge Grau
GUIÓN: Sandro Continenza, Juan Cobos y Miguel Rubio
PRODUCCIÓN: Edmundo Amati, Manuel Pérez
MONTAJE: Domingo García, Vinvenzo Tomasi
FOTOGRAFÍA: Francisco sempere
MÚSICA: Giuliano Sorgini
DISEÑO DE PRODUCCIÓN: Carlo Leva
DIRECCIÓN ARTÍSTICA: Rafael Ferri
DISEÑO DE VESTUARIO: Ellen Lutter
REPARTO: Ray Lovelock (George), Christine Galbo (Edna), Robert Kennedy (El inspector), Aldo Massasso (Kinsey), Giorgo Trestini (Craig), Roberto Posse (Benson)

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