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Esqueletos en el armario
Por Óscar Pablos, Ángel Paredes y Víctor de la Torre

La sección más personal de CosasDeCine está dedicada este número a estas entrañables criaturas que, si por algo destacan, es por un irrefrenable apetito por la carne humana, a ser posible poco hecha, sin distinguir entre raza, sexo o religión. Su indudable carisma, mucho más apreciable en las distancias cortas, han convertido los filmes que protagonizan en parte integrante de la memoria cinéfaga de algunos de nuestros sospechosos habituales, que nos muestran a continuación cual fue el mordisco que cambió sus vidas.


Óscar Pablos: mi primer contacto visual con los zombis posiblemente fueron los que protagonizaron el vídeoclip Thriller de Michael Jackson. Recuerdo que su aparición en la televisión fue todo un acontecimiento, y la verdad es que el vídeo en cuestión acojonaba un poquito, incluida la voz de ultratumba del actor Vincent Price. Con el paso de los años, el pobre Michael se acabaría convirtiendo en un monstruo más aterrador que el zombi que interpretó a las órdenes de John Landis. Intento ubicar en mi memoria las ásperas imágenes en crudísimo blanco y negro del film de Romero que todos conocemos, pero no las recuerdo como “estruendosamente impactantes”.

En cambio, las que sí recuerdo tuvieron lugar hace un par de años en París, a finales de agosto del 2005. Tras una agradable paliza en bicicleta por algunos de los sitios más reconocibles de la capital francesa, decidí ver con Ignacio y Eva ––Gloria, en cambio, no estaba dispuesta a tragarse una de zombis con subtítulos en francés–– la cuarta parte de la trilogía de los muertos de George A., es decir Land of the Dead aka La Tierra de los Muertos Vivientes. El emplazamiento del cine era sin duda especial, al estar situado en los Campos Elíseos, a pocos metros del Arco del Triunfo. Una vez dentro de la sala, una bandada de góticos se sentaron alrededor de nosotros añadiendo a la experiencia un tono más acorde con el contenido de la película que después, a la vuelta y en bici de nuevo, intentamos desentrañar con la agradable brisa parisina nocturna dándonos de frente. París nunca fue tan bellamente terrorífica como en esos precisos instantes.

 

París, oh lá lá!!!

 

Víctor de la Torre: Para empezar una dolorosa confesión que espero no suponga mi inmediata expulsión de esta sacrosanta hermandad de adoradores de la hemoglobina… el cine de zombis, si es que existe como tal, no figura ni de lejos entre mis preferencias cinéfagas. Aunque en los últimos tiempos me he puesto las pilas, entre otras cosas por haber conocido a varias personas que me han hecho apreciar las virtudes de estas películas –no es casualidad que algunos sean nuestros invitados de excepción en este número, dicho sea de paso-, lo cierto es que en las largas sesiones de cine con mis colegas, esas en las que cualquier pretexto era válido para estar juntos, hablando de la tía buena de turno y bebiendo unas cervezas, nos decantábamos por otros títulos menos sanguinolentos pero igualmente míticos, con especial preferencia por las odiseas espaciales y la fantasías heroicas más salidas de madre.

La relativa excepción a esta regla la constituye Posesión infernal (Evil Dead. Sam Raimi, 1982), una joyita del gore, cuyo primer visionado nunca olvidaré, con mi grupo de amigos del instituto, provistos de unas cuantas hamburguesas para no desentonar con su temática. No discutiré el hecho de que la opera prima de Raimi no es una película de zombis como tal, pero la sobredosis de ketchup –tanto en  la pantalla como fuera de ella-, apoteosis de efectos caseros y, sobre todo, los comentarios erótico-festivos que acompañaron a su visionado y prosiguieron tras su terminación, constituyen uno de los mejores recuerdos que guardo de mi más que convulsa adolescencia.

Eso sí, una cosa es no ser un integrista del subgénero y otra, bien diferente, es no valorar como se merece la magistral puesta en escena de Yo anduve con un Zombie (I walked with a Zombie. Jacques Tourneur, 1942), la crítica social subyacente a las terroríficas imágenes de La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead. George A. Romero, 1968) o  el excelente ritmo narrativo de 28 días después (28 days later. Danny Boyle, 2002), un film que sólo por su inolvidable arranque merece formar parte de lo mejor del Fantástico reciente.

 

 

Ángel Paredes (editor del eZine Nosolorol y responsable, en la misma, de la sección fija Zona Muerta): no nos engañemos, ser aficionado al cine de zombis es un poco como ser del Atlético de Madrid: las pocas cosas destacables de tu equipo se ven eclipsadas por la tonelada de pifias relacionadas y es difícil justificar tu afición en una conversación frente a sus detractores. Vamos, que perfectamente podríamos decir aquello de “Papá ¿por qué somos aficionados al cine de zombis?”, a lo que sólo se puede responder con ese gesto indescifrable del anuncio para asociarse al club del Manzanares.

 

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