As seen on TV
Recuerdo que un amigo considerablemente más joven que yo, salido apenas de la adolescencia, me dijo hace no mucho que la razón de que él le diese tanta importancia al sexo es que estaba en la edad. Pensé entonces en cómo me sentía yo a su edad y no recordé haber sentido nada parecido a lo que mi amigo describía. Pero en esto de hablar de sexo hay mucho de haz lo que bien digo y no lo que mal hago. “Yo lo haría todos los días, varias veces” me decía mi amigo, cuando el caso es que en aquella temporada llevaba el hombre meses en dique seco.
Otro amigo, un vejestorio como yo, se maravillaba de la libertad sexual reinante ente los jóvenes de ahora “me hubiera gustado ser más como ellos, ahora las cosas son distintas”. ¿Pero son tan distintas? Lo digo porque los jóvenes que yo conozco son mucho más convencionales que la gente de mi generación y se rigen por todas esas normas trasnochadas conforme a las cuales, por ejemplo, las chicas que son “demasiado activas” son unas putas incluso frente a sus propias “amigas”.
Recuerdo también aquel día en que otro amigo llegó al curro y lo primero que me dijo con una gran sonrisa fue “ayer me pasé el día follando, y ante ayer también, me he pasado la última semana follando, varias veces al día, no siento la piernas”. Después de barajar respuestas como “me ha salido un uñero muy molesto”, pasado el decaimiento comparativo inicial, me limité a decir “vale”. Los planes de mi amigo para el futuro eran firmes y, según pensaba él, ajustados a una estimación probable conforme a los resultados de esa semana: un polvo diario de media era cosa segura. “El sexo es fundamental, es lo más importante en una pareja, no podría estar con alguien con quien no funcionase en la cama como un reloj”, me dijo también. El futuro le deparaba sorpresas a este amigo mío.
“Haz lo que bien digo y no lo que mal hago”. Porque del dicho al hecho… Una cosa es tener o no una vida sexual sana (entelequia difícil de concretar) y otra muy distinta tu discurso sexual. El discurso sexual suele ir encaminado principalmente a tomar una posición lo más alta posible en la manada o directamente a preparar el camino con alguna o alguno de los presentes. Cada vez que oigo una de estas charlas, sobre todo si participa en ellas gente joven, pienso en aquella peli de Larry Clark, “Kids” (y me resulta igual de cómico/terrorífico).
Pero si entre amigos el discurso sexual va encaminado al posicionamiento social, ¿a qué fin va encaminado el discurso sexual de los medios? Pues está claro que es un discurso con fines publicitarios.
Aunque en mi opinión lo realmente preocupante es el “doblepensar” necesario para vivir en un mundo atestado de sexo en el que la pareja estable de turno tampoco se puede permitir mucho más que el sábado sabadete.
Me imagino a una pareja de treintaitantos genérica, sentados en el sofá de su casa con la bandeja de la cena sobre las piernas viendo el Gran Hermano a última hora de la noche, atentos a una cámara infrarroja frente a la cual la pareja de turno supuestamente follan como locos (bajo las sábanas, para no herir sensibilidades), y entonces uno de ellos dice “lo mismo podíamos…”, pero ahí queda todo, porque ha sido un día duro en el trabajo y mañana hay que levantarse pronto.
¡PERO, EH, espera un momento, no tengo que imaginármelo, yo conozco a esta gente!
Está todo en la última de Kubrick, cuya conclusión no podía ser más brutal: todos los problemas ocasionados por aquella fantasía que arroja a Bill al infierno de la incertidumbre y hace tambalearse la sagrada institución de la pareja ideal tienen fácil solución…
BILL - Te amo.
ALICE - Yo también te amo… pero hay algo que tenemos que hacer cuento antes, algo que tienes que hacer en cuanto lleguemos a casa.
BILL - ¿Qué?
ALICE - Follarme.
TELÓN.
Semper fidelis
Recuerdo que un día, horas antes de la presentación de una de estas obras musicales que últimamente tienen tanto éxito entre los que no saben qué hacer con su tiempo, vimos a Santiago Segura a las puertas del teatro en cuestión, ese en el que la dramaturgia se mezcla indistinguiblemente con la venta de helados. Segura estaba allí parado, hablando con un señor de estos que llevan cajas voluminosas o quizás con uno de los que accionan los mecanismos de la tramoya, simplemente hablaba, sin meterse con nadie. Entonces, desde la acera de enfrente, un viandante que segundos antes había cruzado frente a las narices de Segura, aprovechando la impunidad que otorga una vía de por medio con tráfico rodado y un semáforo rojo, grito: ¡Eh, friqui!
He estado pensando largo y tendido sobre esta escena… el lector atento habrá deducido, antes incluso de esta última afirmación, que dedico horas a darle vueltas a los detalles más peregrinos, una actividad casi del todo estéril que no me hace más rico, ni me permite practicar el sexo con imponentes señoras, que apenas sirve para que mi madre esté cada día más preocupada por el futuro que me aguarda… en fin, la escena. El quid de aquella escena es que el viandante que gritó “friqui” no pretendía insultar a Santiago Segura, su gesto no era de burla: aquel viandante no sabía qué gritar para congraciarse con el actor. Si se hubiese encontrado a Edu Soto, habría gritado “¿Qué pasa, Neng?”, pero se encontró a Segura.
Creo recordar que el gesto del actor no fue de agrado, a pesar de las buenas intenciones por parte del viandante, y que masculló algo entre dientes… o quizás fue solo mi imaginación. Pero el caso es: ¿puede Santiago Segura renegar de su anterior condición de friqui ahora que le va bien en la vida, ahora que canta en musicales y tiene su late show en el canal de Miliquito?
Personajes considerados oficialmente friquis, como Santiago Segura o Álex de la Iglesia, están renunciando públicamente al título, lo repudian, les asquea todo lo freak. Y es que, al parecer, según comienzan a proliferar las canas y el reloj biológico nos catapulta a la paternidad, pasamos de ser friquis a ser coleccionistas, cinéfilos o simplemente dejamos de apasionarnos por las cosas.
Lo siento “amigüetes”: friqui una vez, por siempre friqui.
Resaca de la muestra SciFi
Aunque habrá reseñas de las pelis vistas en el número siguiente de la revista, señalar aquí que el nivel de la V Muestra de Cine Fantástico este año ha sido algo flojo. De todas las que pude ver, que fueron ocho en total, solo Be Kind Rewind de Gondry se mereció los aplausos de la sala, por ser una gozosa delicatessen repleta de humanismo, ingenuidad y desbordante imaginación (es Gondry) a partes iguales.
De las demás, solo The Mist y The Signal rozaron el aprobado. La primera tiene un agradable sabor a peli de serie-B pero lastrada por la a veces torpe dirección de Frank Darabont, su guionista y realizador. Y la segunda, realizada por tres directores noveles, es un curioso experimento con prometedoras ideas que al final se estrellan contra el pavimento.
De la japonesa El gran hombre del Japón y la surcoreana Soy un cyborg…, decir que me aburrieron soberanamente…., y de las norteamericanas Rastro oculto (otro thriller más con psicópata sofisticado visto mil veces) y Penélope (otro cuento de hadas tontorrón y aburrido), que su presencia empañó la programación proveniente la mayoría de Sitges 2007.
Y por último, señalar la bestialidad de la francesa L’interiour, de irrespirable atmósfera pero lastrada, y mucho, por un efectismo atroz que hizo las delicias del espectador friki presente con los aplausos enfervorecidos que despertaron las escenas más gore.
Esperemos que el año que viene la organización de esta prometedora muestra arriesgue mucho más y evite en lo sucesivo Rastros ocultos, Rogues, Penélopes y cosas así…
NOSOTROS Vs. ELLOS
Un amigo (uno que hay) me dijo no hace mucho que cuando uno generaliza, cuando se habla de “la gente” como entidad, corre uno el riesgo de inventarse la realidad a mayor conveniencia. Porque, claro, no es como si al hablar de ELLOS hubiésemos hecho una estadística seria utilizando lo que se llama una “muestra representativa”, un grupo que contiene las principales características de nuestra sociedad. Solemos, en vez de recurrir a una campaña de encuestas, fijarnos en nuestro reducido mundo, mirando apenas en derredor e interpretando los datos para hacerlos encajar lo más posible en nuestra personal cosmología. Y así, personas como YO, frustrados por el roce continuo contra los que tienen una opinión distinta a la nuestra, vomitamos diatribas cual espartano que, herido de muerte, arroja su lanza al rey de los persas esperando siquiera rozar a nuestro enemigo.

Por alguna razón (quién sabe si biológica, ambiental o por falta de oxígeno al nacer) encajar no fue una prioridad para mi durante la infancia. Como no le veía sentido a darle patadas a una pelota (sobre todo porque mi físico no me permitía ganar me midiese con quien me midiese) me pasaba la hora del recreo hablando solo, correteando por los lugares más remotos del patio de juegos, donde los otros niños no pondrían un pie ni locos, lugares en los que no pasaba nada de nada. En aquellos lugares tuve por tanto que construir un mundo aparte en el que las escalas de valor fuesen distintas. Por poner un ejemplo, golpear una esfera de goma para hacerla pasar entre dos mochilas carecía de importancia y, sin embargo, conocer los pormenores del motor eléctrico y sus posibles aplicaciones al tema de volar lo más lejos posible de allí constituía un conocimiento esencial en la meritocracia de los lugares abandonados. Esto que mis profesores llamaban “rico mundo interior” era del agrado del cuerpo docente, tolerado e incluso alentado frente a la típica conducta de la mayoría de mis compañeros (aliento que provocaría en más de una ocasión que ELLOS me esperasen a la salida y me nombrasen caballero, chocando mi entrepierna contra un poste de la luz, seguramente habilitado a tal efecto). En fin, el caso es que en aquella época la diversión dependía solo de mi mismo (algo que ahora se ha extendido como un virus a mi vida sexual).
La verdad es que es terrible cuando te das cuenta de que la gente, esos ELLOS de los que hablaba, no son más estúpidos que tú. De hecho, resulta difícil no caer en el más puro hedonismo cuando llegas a esta conclusión, porque al final parece que el sentido de la vida, si no se tienen aspiraciones religiosas, es ser feliz la mayor cantidad de tiempo posible. Por eso mismo, muchos ELLOS han intentado convencerme de que el estúpido era YO, por mi incapacidad para adaptarme. Y, como mínimo, he tenido que aceptar que, ser una suerte de turista llegado de los lugares abandonados, es de lo menos conveniente en un mundo tan xenófobo como el de ELLOS, siendo este parada obligada puesto que en mi lugar de procedencia no puedo suplir las necesidades básicas, como tener un techo bajo el que resguardarme o comida que llevarme a la boca. Más que turista, soy inmigrante ilegal.
Si alguna ventaja tiene mirar desde los lugares lejanos es la de estar ya tan lejos que no preocupa cometer errores que perjudiquen a la vida social de uno. Está claro que me he fijado desde aquí en mundos externos que pasaban desapercibidos para muchos ELLOS y a nadie ha extrañado que al raro le gustase la enésima rareza: he sido toda mi vida una persona muy vulgar de predecibles gustos centrífugos. Porque no es que espiar a otros inadaptados me haya proporcionado réditos cuantificables pero, como he dicho ya, las escalas de los lugares abandonados premian lo peculiar frente a lo familiar y eso basta casi siempre.
Pero no puedes evitarlo, echas un vistazo y te parece que ellos tienen lo que quieres, algo que no está disponible en ese lugar abandonado en el que vives. Y tienes que ir allí para verlo de cerca, para comprobar si llevas tantos años equivocado.

Consumidores de desgracias ajenas, adalides de la incultura, estrujadores de papel de plata sentados a tu lado en el cine, los que no contestan a los correos electrónicos, los que no te llaman y luego cuando te ven por la calle te tratan como si siguieseis siendo amigos, los que dicen te quiero a gritos, los que no te lo dicen ni aunque les maten, los que no creen que tengan nada por lo que pedir perdón, los que te piden perdón solo para volverte a hacer la misma putada días después, esa persona que sabe que estás tirándole todas las tejas que hay en tu tejado y se ríe con risa cantarina encantada de ser objeto de deseo, amigos que te sacrificarían por un bien superior, gente que a la que le resulta demasiado fácil olvidar que existes… sería genial si pudiesen ser solo ELLOS.
Y así, otra vez, incapaz de entender el por qué de su comportamiento, harto de intentarlo, agredido por su brutal indiferencia, me da igual mentir, me da igual generalizar, herido de muerte por las flechas que no me han lanzado hago un último esfuerzo y levanto mi brazo contra ELLOS… y mi lanza cae en mitad de ninguna parte: aquí.
Lo más visto en 2007
“Desgraciadamente el público, el gran público, tiene un mal gusto muy acusado”, declaraba Fernando Fernán-Gómez a la revista Fotogramas en 1959.
En aquel año las películas más vistas, al menos en Estados Unidos, fueron las siguientes:
Ben-Hur. La Bella Durmiente. El Extraño Caso de Wilby. Con Faldas y a lo Loco. Operación Pacífico. Confidencias a Medianoche. Imitación a la Vida. Con la muerte en los Talones. Historia de una Monja. Salomón y la Reina de Saba.
¿Las cosas cambian? Estamos a años luz de la mentalidad simple y reprimida de aquella época, ¿verdad?
Piratas del Caribe: En el Fin del Mundo. Harry Potter y la Orden del Fénix. Spider-Man 3. Shrek Tercero. Transformers. Ratatouille. Los Simpson. 300. El Ultimátum de Bourne. Ocean’s Thirteen.
A este grupo podrían incorporarse en breve, desbancando a alguna de las presentes, Soy Leyenda, La Brújula Dorada o Encantada.
No vamos a entrar en matices. Uno mismo ha elegido dos de las películas citadas entre sus preferidas del año recién terminado. Pero se leen seguidos los diez títulos y se siente inquietud. Cinco terceras partes. Una quinta parte. Adaptaciones de libros juveniles, cómics o líneas de juguetes. Corsarios, magos, superhéroes, ogros, robots, dibujos animados, tiroteos, batallas, Matt Damon.
¿Es posible que a lo largo de todo un año ni una sola película con destinatarios específicamente adultos haya podido colarse en esta lista? No aspirábamos a encontrar cine de autor. Sí algo similar, salvando las distancias, a Con Faldas y a lo Loco o Historia de una Monja. Lo más parecido en 2007 es Ocean’s Thirteen [llanto incontrolado].
¿En manos de quiénes hemos dejado el cine? ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad? ¿Que los niños y los adolescentes hayan hecho suyas las plateas justifica que entre nuestros propios conocidos de 25, 35 ó 45 años, algunos de ellos críticos, se defienda a capa y espada, además de manera excluyente y agresiva, este tipo de películas?
El pasado mes de abril estuvo en España el británico Thomas Biggs para presidir la cuarta edición del Curso Internacional de Cirugía Plástica. Esta especialidad quirúrgica tiene una relación muy estrecha con el espectáculo hipertrofiado digitalmente, el frenesí y el infantilismo presentes en los éxitos de taquilla de 2007, como tiene mucho que ver con el urbanismo descontrolado, el consumismo desatado y la sociabilidad enfermiza que conforman algunas facetas de nuestra realidad.
Le preguntaron a Biggs, “¿hay alguna constante entre sus pacientes, ha deducido datos de interés atendiendo sus demandas? Lacónicamente, respondió: “la clase baja pide pechos grandes”.
Y así andan muchos cinéfilos. Pidiendo pechos grandes para poder prolongar el periodo intelectual de lactancia lo máximo posible, y poder sentirse de paso integrados entre la clase baja: el público, el gran público.
¡Feliz Año Nuevo!
Para alguien que se dedica a la crítica de cine resulta aleccionador hojear viejos periódicos. En sus secciones de espectáculos y variedades es difícil hallar títulos destacables, si no reconocibles. Ha bastado medio siglo para sepultar en el olvido ese “impresionante suceso de público” o aquella “producción aplaudida por la crítica más exigente”. A quienes lamentan la escasa calidad del cine actual en comparación al de otros tiempos, bastaría con retarles a señalar en una cartelera que pudieron consultar nuestros padres más de una o dos películas de referencia.
Pero, ¿qué decir entonces de las críticas publicadas en esos mismos diarios? Los nombres de sus autores no le dicen a uno absolutamente nada. Es desolador, si nos paramos a pensar en ello, que ni siquiera habiendo heredado esa afición, condena o como se le quiera llamar que es el escribir sobre cine, seamos capaces de reconocer a muchos de nuestros antecesores, tan anónimos a fecha de hoy como quienes redactaban sin firmar la información meteorológica o, aún peor, como quienes fueron glosados en una ampulosa esquela que, tanto tiempo después, no es solo la del fallecido sino la de casi todos sus deudos: una fosa común.
Más allá de los consabidos popes de la crítica, cuya altura jamás alcanzaremos, hubo, hay y habrá infinitos plumillas como nosotros. Sus juicios, como las películas a que iban dirigidos, han sido vaporizados por el continuo histórico. La ansiedad con que aporrearon la máquina de escribir, sus entusiasmos y sus decepciones, sus teorías ditirámbicas y sus ingeniosos juegos de palabras, servirían en el mejor de los casos para que algún oficinista planificase su tarde de asueto con la novia o para que, al anochecer, un mendigo se limpiase el trasero con ellos. Después, el silencio.
Cuando uno adquiere plena conciencia de esa fugacidad se queda sin respiración. Le asaltan deseos de arrojar el ratón a un lado y echarse a la calle. Tirarse al metro o a la taquillera, quemar contenedores, hacerse un piercing en el glande o bailar la Macarena en el Prado, cometer un magnicidio o apuntarse a un reality show, visitar el IKEA o apuntarse a un curso de buceo en los Pirineos. No sé, entregarse a esas cosas que otros llaman vivir, sin más perspectiva que la de agotar el propio tiempo sin sentir su peso, y sin afán alguno de trascendencia.
Pero cuando uno se encuentra ya en el rellano, aguardando el ascensor que le precipitará hacia la vida, engalanado con su combinación más voluptuosa y los patines, le detiene la rememoración de las innumerables ocasiones en que confió a la existencia expresarse a sí misma, y como ésta no supo estar a la altura de las circunstancias. Las conversaciones banales. Las situaciones injustas o simplemente atroces. La hipocresía y el silencio. Las risas falsas y las miradas de terror. La mediocridad. La enfermedad y la muerte. La atonía del día a día.
La luz del rellano se apaga. Uno sigue dudando. Entonces se abre la puerta de un piso, dos plantas más abajo, y un grupo de personas llama también al ascensor. Mientras esperan, sus comentarios giran en torno al partido que acaba de terminar, la representación escolar de un hijo, las jaquecas y el estreñimiento, el crédito hipotecario y la quedada con el Juanma. Sus voces y sus risas se pierden en las profundidades del edificio, y uno se descubre a sí mismo tomando el camino inverso: subiendo pesadamente los escalones que conducen a su tabuco, limpiándose el fárrago de rímel y lágrimas en que se ahoga su rostro, y sentándose de nuevo frente al ordenador.
El silencio es absoluto. “No es esto. No es esto, tiene que haber algo más bajo la superficie”, pensamos. “Todo esto ha de tener algún sentido. O al menos ofrecer un consuelo del tipo que sea. O brindarnos la certidumbre de que no estamos locos, de que esta inadaptación responde a alguna razón”.
El silencio es absoluto.
Nuestra mirada recala en Lluvia Negra, el libro que acaba de regalarnos una buena amiga, y que aún no hemos terminado. Escrito por Masuji Ibuse, novela la explosión nuclear de 1945 en Hiroshima y sus efectos en una joven llamada Yasuko. Perdidos, abrimos Lluvia Negra al azar y nos topamos con estas líneas:

“Shigematsu alzó la vista: ‘Si un arcoiris aparece sobre esas colinas en este instante, ocurrirá un milagro —profetizó para sí mismo—. Que aparezca un arcoiris; no uno blanco, sino uno de muchos colores, y Yasuko se curará’. Eso se dijo, con los ojos puestos en las colinas próximas. Aunque bien sabía desde el principio que ese deseo nunca se haría realidad”.
Se nos ocurre pensar que posiblemente Yasuko no sanará, pero el arcoiris sí ha florecido. Y ha sido en las páginas de la novela dedicadas a esa criatura de ficción, reflejo de incontables víctimas reales a las que Ibuse ha rescatado del anonimato. Nuestro ánimo empieza a desplegar sus velas. Estamos condenados al olvido. Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. Aun así, ¿no bastaría con firmar unas cuantas palabras esclarecedoras para alguien, tiernas o rabiosas, analíticas o apasionadas, que otorguen cierta dignidad y consuelo a este desamparo, que lo venzan momentáneamente, en vez de disimularlo sacrificando nuestros días a la Diosa de la Vida hasta que ésta se aburra y se deshaga de nosotros con un papirotazo?
Quizás hay un lector, una sola lectora, que sin saber nada de nosotros haya sentido palpitar su corazón aceleradamente gracias a nuestras torpes palabras. Que haya reído o se haya enfurecido, tanto da. ¿Hay algo más noble que esa comunicación que elude los cauces establecidos por la dictadura de la existencia? ¿Hay algo más noble que ese dar y recibir desinteresado, distante, que cifra la única esperanza en que alguien a quien jamás conoceremos haga florecer una fracción de su presente gracias a una opinión, una idea, una divagación surgida de nuestras pobres entendederas? Escribe Jorge Volpi en el prólogo de Lluvia Negra:
“¿Para qué sirve una novela? Hay una forma de responder que incomoda a escritores y críticos por igual, pero que no por ello es menos verdadera: para vivir las vidas que no tenemos. Para observar aquello que no podríamos atisbar de otra manera. Para romper el drástico aislamiento que nos separa de los otros. Para sentir, por un instante, cómo sienten los otros. Para imaginar, por un instante, la vida de los otros. Para ser, por un instante, otros. Para observar por primera vez, sin calcinarnos, el estallido”.
Poco a poco, sentimos crecer en nuestros oídos el sonido que produce el ensayo de nuestra orquestina particular. La batuta, el cursor en la pantalla, se enciende y se apaga deseando que lo dirijamos. A nuestro alrededor ya no reina la oscuridad, sino una luminosidad brumosa en cuyo seno se escucha el crepitar de nuestras ocurrencias y nuestras estupideces. Las yemas de los dedos se apoyan en asdf y en jklñ. Y, con mucho miedo y un hálito de esperanza, empezamos a escribir:
“Para alguien que escribe sobre cine resulta aleccionador hojear viejos periódicos. En sus secciones de espectáculos y variedades es difícil hallar títulos destacables, si no reconocibles…”
Have yourself a Merry Little Christmas…

“Deja hundirse a quien no quiere salvarse”, escribió Shakespeare. Cuántas veces no nos habrán perdido ese tipo de personas débiles, adictivas, que parecen pedir tu mano para salir del abismo y en realidad quieren que cargues con ellas muy abajo, en el fondo sin fondo de su miedo, y clavan sus uñas en torno a tu propia luz tenue hasta que te ves obligado a escapar para no agotarla en el pozo de sus miradas suplicantes; y de inmediato, como parásitos, saltan al cuello de otro fuerte al que sangrar, siempre con una sonrisa trémula y los ojos enganchados a las tinieblas, hasta que les falla un asidero y se ahogan acunando las estrellas de mar que recorrían perezosamente sus ojos.
También el cine, en la figura de los actores, ha generado un cierto culto a ese tipo de personas. El ejemplo más célebre es el de Marilyn Monroe. Montgomery Clift, Jean Seberg… a nosotros siempre nos ha fascinado Judy Garland; la niña que recorrió el camino de baldosas amarillas al ritmo esquizofrénico de los estimulantes y los ansiolíticos, y que nos regaló una de las mejores interpretaciones de la historia del cine en un registro opuesto a su personalidad real: la Esther de Ha Nacido Una Estrella (George Cukor, 1954), representante del polo fuerte, superviviente, en una pareja en la que era difícil distinguir hasta que era demasiado tarde, como en todas, el amor de la necesidad.

Garland protagonizó asimismo la escena navideña que más nos ha impactado en una película, por encima incluso de esa carrera jubilosa de George Bailey por las calles nevadas de su localidad natal en ¡Qué Bello es Vivir!, ya de vuelta de entre los muertos. Nos referimos al villancico que cantaba asomada a la ventana en Cita en San Luis (Vicente Minnelli, 1944): Have yourself a Merry Little Christmas… from now on, our troubles will be miles away… Through the years we all will be together… If the fates allow… But ’til then we’ll have to muddle through somehow… so have yourself a Merry Little Christmas night. A su lado, su hermana menor Tootie (Margaret O’Brien) lloraba porque se preveía que la familia tendría que abandonar su ciudad natal, tan amada. Por supuesto, en el desenlace se arreglaba todo. Mientras, en nuestro mundo, la Segunda Guerra Mundial había entrado en su recta final y más sangrienta. Y todo se arreglaría también, la lluvia negra se encargaría de ello.
Nadie podía ser ajeno en esos momentos a las circunstancias bélicas, y el tema musical compuesto por Hugh Martin y Ralph Blane es un prodigio de melancolía en un conjunto marcado por el mismo sentimiento y por lo kitsch; como si Minnelli y compañía estuviesen diciendo adiós a una América que no era tanto la de 1903 (año en que se desarrolla Cita en San Luis) como la suya propia. Por otra parte, contemplar la escena conociendo un poco el ambiente que se respiraba en los grandes estudios permite divagaciones crueles. No cuesta nada imaginar a Garland sacada a rastras de su camerino bajo los efectos de algún barbitúrico, y a la pequeña Margaret desecha en lágrimas porque Minnelli hubiese anunciado de pasada, un segundo antes de dar la voz de ¡Acción!, que la mascota de la niña acababa de ser violada por Harpo Marx.
Sin embargo son todos estos condicionantes los que prestan la magia a una secuencia que de otra manera sería insoportablemente vacua. Y es un poco lo mismo que pasa con la Navidad; tan empalagosa en sí misma, pero efectiva de todos modos por su capacidad para transfigurar, durante unos días, la basura y la crueldad consustanciales al hecho de haber sobrevivido un año más, en un escenario digno de un musical de la Metro Goldwyn Mayer. Así que sigamos el ejemplo de la animosa Judy. Asomémonos a la ventana, y cantemos con voz rota a un mundo que no merece salvarse: Have yourself a Merry Little Christmas…
RE: Amado público (Querido Misántropo)
Habrá quien lea el texto que has escrito y piense que eres un amargado… seguramente gente de la come bocadillos con ruidoso arrebujar de bolsas, gente a la que le suena el móvil y se ponen a hablar tranquilamente, sin bajar el tono, gente que va al cine a hacer otras cosas que no tienen nada que ver con el cine, generalmente incapaces de aguantar el silencio de sus casas o el ruido que hacen sus parejas cuando modulan aire a través de sus cuerdas vocales, en fin, gente.

Y es que la gente tiende a sentirse identificada con este tipo de declaraciones únicamente de forma subconsciente. Algo al fondo, un susurro, les dice que les estás insultando a ellos, se sienten identificados desde la primera línea y su indignación va aumentando hasta que en la quinta dejan de leer. Porque, claro, para ellos, además de un amargado eres un rollista.
Intercalo aquí una confesión: casi toda mi vida he sido un cobarde. Rara vez, cuando me he encontrado con animales apenas humanos de los que pueblan tu relato, querido Misántropo, casi nunca, me he atrevido a hacerles frente.

Solo recuerdo en realidad una vez, una mañana que estaba en algún tipo de entrega de premios sentado en las gradas de un polideportivo intentando discernir lo que escupía una megafonía cruel. Uno de estos animales, sentado a mis espaldas –casi encaramado a mis espaldas, podría decirse–, jugaba a gritos, agitando compulsivamente una lata de refresco en su mano derecha: “me va a poner tibio”, pensé. Y efectivamente, no transcurrió apenas tiempo hasta que me vi completamente empapado de un líquido pringoso que amenazaba con no desprenderse ya nunca más. ¿Mi reacción? Sí, creo que dije algo como: ¡ME CAGO EN LA PUTA!
El tipo en cuestión se quedó blanco (está claro que no me conocía) y en seguida se sentó en su sitio, una mano sobre la otra. ¿Y que crees que dijo cuando me volví hacia delante y me senté en mi sitio?: “¡Vaya hombre, qué mal rollo!”.
Pero volviendo al tema que nos ocupa, te seguro que, si alguna vez consigo un arma, algún ingenio de repetición o al menos con la posibilidad de disparar diez o veinte veces, no me subiré a un campanario, no entraré en una universidad o en un instituto, ni siquiera en la Iglesia de la Cienciología (que me pilla tan cerquita), simplemente me dejaré caer un viernes o un sábado a eso de las diez por una sala de cine en la que estén echando alguna peli de estreno. Y te aseguro que se hará el silencio.

Amado público [el carnaval de las tinieblas]

Suele uno frecuentar los cines y las sesiones más solitarios de Madrid. Los motivos responden a dos leyes inapelables: la primera reza que cuanto menos populosa sea la sala, más posibilidades hay de que la película exhibida tenga interés. Y la segunda que, a mayor aglomeración de seres humanos, más probabilidades de que la civilización dé paso a estadios primigenios. Hay quien es feliz en esos baños de masas. Son vestigios de una sensibilidad primitiva. A una persona con un mínimo de rigor ético y racional las aglomeraciones multitudinarias, como las que se producen en el centro de una gran ciudad como Madrid en estas fechas, solo pueden inspirarle las reflexiones más sombrías sobre nuestra especie. Antes de continuar debo apuntar que, al menos en lo que se refiere al cine, no se trata de apreciaciones subjetivas. Ciertas encuestas realizadas hade dos o tres años a espectadores norteamericanos señalaban que una de las razones más citadas para justificar su abandono de las salas era precisamente la presencia de sus congéneres, cada vez peor educados.
Sin embargo, debido a motivos “profesionales”, a veces uno se ve obligado a compartir la sala con ellos. Me ocurrió recientemente. Debía tener lista la crítica de un producto ultracomercial en pocas horas, lo que me forzó a acudir a un preestreno especial la noche de un miércoles previo a festivo…

Ya la compra de la entrada por teléfono me hizo temer lo peor. Horas antes de la sesión quedaban pocas butacas libres. Aquello iba a estar abarrotado. Finalmente la operadora me encajó en una de las primeras filas. Una posición aventajada a pesar de su excesiva proximidad a la pantalla, como me descubrió hace tiempo un acomodador de los extintos cines Cristal: “A la mayor parte de la gente le molesta sentarse delante. El instinto les hace preferir cobijarse entre sus pares. Además, acostumbrados como están a las pantallas de quince pulgadas y a levantarse cada poco a contestar el teléfono, pegar el capón a la mujer o los niños, desaguar y visitar la cocina, se sienten más cómodos hacia la mitad y cerca de la salida. Para nosotros también es mejor. Los enjaulamos siempre que podemos en una zona acotada de la sala para que así, entre sesión y sesión, nos sea más fácil recoger los cubos y los vasos, los envoltorios y las palomitas, los tangas desgarrados y los excrementos, las golosinas bañadas en vómitos y los preservativos ensangrentados”. Cuando le hice notar que en las primeras filas el sonido es atronador, me aclaró: “En realidad, cada vez lo subimos más. Es la única manera de evitar las quejas de los pocos que pretenden disfrutar de la película y son molestados por los demás. Subimos y subimos el volumen. Podría estar ardiendo la sala y no se enterarían”. La idea nos hizo sonreír a ambos.
Entré en la sala a las diez menos cuarto. Algunos habrían definido el ambiente de festivo. Gritos broncos, risas desquiciadas, idas y venidas titubeantes entre las butacas. Parejas que no se hablaban y grupos de amigos que conjuraban su aburrimiento a base de balbuceos vacuos y miradas nerviosas a sus móviles cada pocos segundos… Entre todos ellos, posiblemente un par de cinéfilos. El resto intentaba matar un tedio que solo se desvanecerá cuando lo hagan ellos. Iban llenándose las gradas. Una voz aguardentosa gritó detrás de mí, “¡Colega, el moraco se ha pillado en el bar unos nachos con queso!” Y es que, unas filas más adelante, un tipo moreno, de patillas afiladas y pendiente en el labio, se encaminaba a su butaca imitando los movimientos de un cómico de moda y con una bandeja llena de comida. Pobre de quien tenga que aguantarle al lado, pensé.
Comprobé quién se había sentado junto a mí: un niño, que esperaba el comienzo de la película jugando con la PSP y coceando violentamente una y otra vez el respaldo de la butaca ocupada que tenía frente a él, y su padre, que manoseaba unas bolsas de compra y jadeaba pesadamente.

Los alaridos y gruñidos del respetable aumentaron cuando se apagaron las luces. Se incrementaron durante la publicidad y los avances. Llegaron a un clímax indignado cuando se nos recordó que apagáramos los teléfonos y no copiásemos la proyección. Y devinieron tertulia generalizada en cuanto apareció el título de la película.
A pesar de ello, me acomodé en la butaca y me dispuse a disfrutar de la sesión. Al fin y al cabo los machacones efectos de sonido y la música hipertrofiada apenas dejaban escuchar, como había previsto, los politonos y los gañidos. ¡Qué iluso! El niño sentado a mi lado le preguntó a voz en grito a su padre: ¿Papa, que nos ha ponido la mama? Y ante mi estupor, el hombre rebuscó en las bolsas y sacó varios envoltorios que abrió e identificó de pie, aprovechando la luz del proyector. Le pasó uno o dos al niño, unió al encargo unas latas, y durante los siguientes tres cuartos de hora ambos devoraron y comentaron su cena, expandiendo a su alrededor un repugnante hedor a embutidos y cerveza.
Esto ocurrió hace semanas. Pero el trauma padecido ha enturbiado desde entonces mi conciencia y mis sueños. Al amanecer me arrepiento de no haber arrancado un brazo de mi butaca para machacarlo contra las cabezas del adulto y del infante. Al atardecer me pregunto cómo alguien es todavía capaz de decir que es mejor ver las películas en salas que en casa. Y en la madrugada lloro por el futuro del cine, en manos de quienes no lo aman; en garras de aquellos para quienes solo constituye otra parada más en su viaje grotesco y vacío hacia la nada.
¿El tamaño importa? A propósito de “Lady Chatterley”, de Pascale Ferran
Viendo Lady Chatterley, estrenada en España el pasado viernes, envidié a los espectadores franceses, que pudieron ver el pasado verano desde sus casas el montaje televisivo del film de Pascale Ferran. Ese montaje es más completo, dura cerca de 200 minutos, y fue piadosamente dividido en dos sesiones. Algo que sin duda aligeró la experiencia y permitiría apreciar mejor unas cualidades que, atrapado en una sala durante sólo dos horas y media (el metraje para exhibición cinematográfica), no evitaron que la película se me hiciese pesada. Muy pesada.
Eso me llevó a cavilar cuál de las dos versiones, pues al fin y al cabo de una a otra va casi un quinto de metraje, sería la recomendada por su directora. Cuál habría reflejado mejor sus intenciones. No he podido averiguarlo. En una entrevista para Cahiers du Cinema Ferran se limita a constatar, sin entrar en consideraciones cualitativas al respecto, que “se trata de la misma historia, pero con una ordenación del relato bastante distinta […] el telefilm es más fiel a la novela”.
Se da uno cuenta de que un tema tan básico como es el del metraje, que afecta a los ritmos, al sentido del montaje y de la historia que se nos cuenta, a su calado en el espectador, va perdiendo importancia, como tantos otros aspectos concretos de las películas. Muchos cineastas afirman tan tranquilos que la película que estrenan un fin de semana está llena de agujeros que ya cubrirán en el DVD, formato que también está sirviendo para llenar el mercado de múltiples ediciones de una misma película; y muy pocos se detienen a analizar los problemas de apreciación que plantean las diferencias entre unas versiones y otras.

Un caso reciente y extremo del silencio que rodea este asunto ha sido el de Death Proof/Planet Terror, sobre el que creo que sólo A.J. Navarro se pronunció públicamente, arriesgando sus impresiones en torno a unas películas que han visto manipulado considerablemente su metraje y que en Europa han sido —especialmente en lo que toca a la de Quentin Tarantino— aclamadas únanimemente sin dudas metodológicas de ningún tipo.
Otro ejemplo sangrante fue el de la trilogía de El Señor de los Anillos, saga en las que al final se han operado tantas ampliaciones que uno se pregunta si cabe hablar siquiera de un trabajo real de montaje más allá del de la acumulación de minutos y más minutos. ¿Qué sentido tiene haber reflexionado en 2001, 2002 y 2003 sobre las tres películas por separado, con determinados metrajes, cuando ahora forman un todo lleno de añadidos que quién sabe si serán los últimos?
Creo sin embargo que a propósito del Apocalypse Now Redux de Francis Coppola sí hubo algo más de movimiento.
La desconfianza y la ambigüedad van apoderándose del panorama con estos silencios, y a ello contribuyen los críticos de elite, entre quienes no está bien visto valorar los efectos palpables de determinados planteamientos creativos o técnicos, su repercusión en el film. Se considera incluso de mal gusto, ordinario, señalar que un actor aquí, una escena ahí o una paleta fotográfica allá es interesante o fallida por las razones que sean.
En sintonía con un cine cada vez menos necesitado de justificaciones para mostrar lo que muestra, la crítica abjura de las opiniones que obliguen a un juicio claro y razonado, y se lanza a disquisiciones en las que las citas, los grandes nombres, las volutas poéticas y las relaciones más o menos lógicas con todo lo que se haya movido en una pantalla camuflan la cobardía para mirar a la película a los ojos y decirle, con el riesgo que ello supone, “eres una obra maestra” o “eres una puta mierda”.
Se me dirá que para eso no hace falta ser crítico. Puede. Pero sí significa ser honesto con uno mismo y con los lectores, y no tener miedo a cometer, para bien o para mal, errores de apreciación, que habrán sido en cualquier caso fruto de la ilusión y el compromiso. Cualquier cosa menos parecerse a esos impostores que escriben vaguedades a propósito de, qué sé yo, Secretos de un Matrimonio o Fanny & Alexander, y no debaten en ningún momento que existen montajes diferentes de ambas para cine y televisión, ni nos explican qué implica ver unos u otros.
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